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Publicado por Alberto Cano - 09/06/08

Tras cambiar ciertas cosas de sitio, hoy pasaron por mis manos CDs y DVDs que no uso desde hace ya bastante tiempo. Alrededor de 500 discos y películas que, desde que han pasado a ser archivos de ordenador y dispositivos móviles, han perdido su valor fetichista. Cada disco que hoy pasaba por mis manos recordaba un momento, una compra, un viaje, un amigo… Tenían un valor como objetos que han perdido en la transición digital (por decirlo así, en realidad ya eran digitales). Lo que queda, en el fondo, es lo que realmente son: sólo canciones y películas.

El libro, como decía Bezos, es el último bastión analógico. Y que el futuro de los libros pasa por un formato digital, es incuestionable. Algunos seguirán con el papel hasta el último de sus días, como algunos siguieron con el vinilo. Pero la transición digital parece inevitable, aún en un posible escenario de cierta convivencia.

No obstante, y a pesar de la ilusión con la que sigo esta transformación del libro, no creo que los ebooks y los Kindles que conocemos sean el futuro del libro. Creo, más bien, que son un estado primitivo y casi experimental de un largo camino que aún no ha encontrado la fórmula iPod.

Los ebooks, a día de hoy, son algo así como la vasta conversión de CD a .wav que hacían algunos programas antes de la popularización del MP3. Y los Kindles, algo así como los primitivos reproductores RIO, o aquellos CD portátiles que aceptaban discos con archivos MP3. Todavía no tenemos un iTunes+iPod en el sector de los libros. Sin embargo, estamos en el camino. El papel electrónico de celulosa, la apertura de flash para dispositivos móviles y ebooks con contenidos multimedia, la búsqueda de estándares como ePub... son algunas señales.

Además, hay una necesidad de transformación a nivel general. El impresionante consumo de papel, las largas cadenas de distribución y los costes de almacenaje pierden sentido en un mundo conectado digital. La huella ecológica que produce la industria literaria no es sostenible, ni razonable.

Los libros tienen ahora que calar en una generación cultivada en Internet y los contenidos audiovisuales o hiperenlazados. Para lograrlo, seguimos explorando nuevas vías de promoción, como los booktrailers, advergames, capítulos por podcast, avances gratuitos para descargar, etc. El sector editorial estadounidense explora sin miedo distintas fórmulas digitales, mientras los demás siguen frotándose las manos con cuatro bestsellers de papel que tratan de ocultar las cifras obtenidas por el resto de miles de novedades que aparecen cada año en librerías.

Juan Varela se preguntaba en un artículo de qué vivirán los escritores cuando los libros sean digitales, a propósito del artículo de Paul Krugman. La pregunta más bien debería plantear qué pasará con toda la cadena de valor que se reparte hoy el precio del libro. Los autores seguirán escribiendo, publicando, vendiendo y cobrando. Pero los distribuidores y libreros, quizá no lo tienen tan fácil. Incluso los editores, en muchos casos, podrían estar en peligro si no buscan su espacio digital antes de que otro lo haga. Y si no, lean el Manifiesto de una editora para el siglo XXI de Sara Lloyd y reflexionen.


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